sábado, 16 de abril de 2011

Destellos en Ahuachapán

El siguiente relato gráfico ocurrió en un día de locura en San Salvador.

Los rumores de atentados provocaron que la capital entrara en caos. Los comercios cerraron temprano, las calles del centro de la capital lucieron desoladas. A las 3:00 de la tarde el corazón de San Salvador era lo más parecido a una ciudad de película del viejo oeste temiendo el azote de forajidos.
Las redes sociales hervían de comentarios e hipótesis sobre las amenazas y la zozobra dio paso a oraciones, maldiciones y una amalgama de sentimientos e impotencia. El miedo paralizó ese día a una ciudad bulliciosa y a su pujante comercio informal.

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El Salvador es un país pequeño y la ola de violencia que vivimos opaca a miles de cosas buenas que todavía ocurren. Tradiciones que son un recuerdo de que no todo está perdido.
Ese día, Ahuachapán (100 km al occidente de San Salvador) encendía sus farolitos, una luminosa tradición que se encaja en una fiesta del calendario católico que marca al 7 de septiembre, asignado como la víspera del natalicio de la Virgen María (en la fiesta de la Inmaculada Concepción).
Hay al menos un par de versiones sobre el origen de los farolitos y hay un debate si estos nacieron acá o en la vecina Concepción de Ataco, un municipio que también comparte esta particular decoración, que por una noche alumbra a la mayoría de casas que con 1, 10, 100 o más de 1,000 faroles encienden una tradición que parece brillar más año con año.
Esta fue la segunda vez que asistí a este festejo y realmente no me defraudó. Los colores de las calles ahuachapanecas son especiales la noche del 7 de septiembre y es admirable la dedicación de decenas de personas para fabricar los faroles hechos con madera, papel celofán y una vela.
Las luces nacen en el parque central de la ciudad y se extienden por las calles en dirección de los cuatro puntos cardinales. El olor a carne asada y otras frituras de feria invade el ambiente en el parque central (La Concordia), la música y los colores son más intensos ahí.
La ciudad realmente se está preparando para el turismo, como otros poblados vecinos luce ya varios murales, un sello para los municipios del occidente que ahora ven una oportunidad en el turismo.
¿Pero qué hace diferente a esta feria de otras? Quizá la dedicación para iluminar a la ciudad.
Los faroles se encienden el 7 previo a que el sol se esconda en el poniente y poco a poco las calles se iluminan. La luz es efímera y se apaga al filo de las 9:00 de la noche, un tiempo suficiente para ver estrellas de David, árboles, barcos, portales y un gran número de figuras adornando cuadras y cuadras.
Sin duda una invitación para volver.

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Quizá más de alguno reclame que a veces algunas fotos no muestran la realidad y que buscan perfilar a un país "bonito". El Salvador tiene muchos problemas que debemos atender como nación: pobreza, desempleo y delincuencia son solo algunos de ellos. Hay que dar un giro, pero creo que tampoco debemos hundirnos en el pesimismo porque este no es el peor país del mundo. Hay varias luces que nos marcan el camino y que nos dan esperanzas de que podemos tener un futuro mejor.

Dos niñas apagan las velas de los farolitos en Ahuachapán. Al derretirse, el calor de la llama
comienza a quemar el celofan. Así es de efímera la vida de los farolitos, lo bueno es que
hay muchos niños y jóvenes que aseguran la vida de esta tradición.

Este es un pequeño bambú decorado con cientos de farolitos con  papel celofán rojo.
El resultado aparente: una zarza ardiente que no se consume. 

Casa de la Cultura de Ahuachapán. El edificio es una joya arquitectónica.
El día de los farolitos está abierta al público.

Otro ángulo de la Casa de la Cultura ahuchapaneca. La ciudad, es además
cabecera departamental. 


Los murales cuentan historias. Ahuachapán como otras ciudades
de el occidente están cambiando sus rostros y el resultado es bueno.
Esta foto fue tomada a un costado de la iglesia y frente al parque La Concordia
Decenas de personas llegaron a Ahuachapán desde San Salvador, pese a
los rumores de atentados. Si bien el ambiente festivo hacía olvidar el estrés
de la capital, el refuerzode la vigilancia se encargaba de recordar que la
situación no es sencilla.

Dulces de feria.

El ponche con piquete es una tradición en las principales ferias.
Esta señora muy amablemente me regaló un vaso de ponche tras
tomarle esta foto. 
No todo es faroles. La oferta culinaria se multiplica. El olor a carne asada
despierta el apetito a la hora que sea.
Se apaga la luz. Luego de una luminosa jornada y con las candelas
ya derretidaslos dueños de los farolitos los apagan uno por uno.
Algunos servirán para el año siguiente, otros serán llevados como
recuerdos.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Bajo el signo de los Inocentes

Las manzanas lucen más tentadoras que nunca. El caramelo rojizo que las cubre las hace ver más suaves y jugosas. Una voz trata de aumentar la seducción: "¡Compre una manzana!", la frase resuena, viene de uno de los vendedores de un puesto de feria, de echo de la última del año en el área metropolitana de San Salvador. Es la fiesta de los Santos Niños Inocentes.

Nadie pasa de largo. Es la víspera del festivo (27 de diciembre) y en la calle principal -cada vez más concurrida- muchos detienen su mirada en las frutas. La tentación es grande y la oferta también. Las manzanas no son el único bocadillo a la vista.

Hace frío. A un par de pasos del puesto de manzanas está el de ponche, una hilera de botellas de licor (incluidos tequilas, rones, vodkas y aguardientes populares -el piquete-) están en el estante improvisado. La bebida humeante se prepara en una  gran olla de barro que se calienta al calor de un fogón.

Los brazos de una mujer baten la mezcla y el aroma a canela es lo primero que brota con el vapor. En el parque todo es feria, los dulces suben en variedad y las frituras chirrean en los enormes sartenes en los que se tornan dorados y manos ágiles las envuelven al paso de cada vez más visitantes, curiosos y peregrinos que han llegado a la fiesta religiosa.

Es la víspera del Día y las calles están atestadas. La vida en el pueblo en diciembre no es la misma, todo ocurre bajo el signo de los inocentes, los niños que murieron una noche por orden de Herodes en la lejana Belén. El recuerdo está presente pero aquí el aire es festivo.

El murmullo de los puestos de venta y la música de los juegos mecánicos se rompe cada cierto tiempo con el vuelo de un cohete de vara y sus dos estallidos. No faltan los niños que llevan sus manos a sus oídos... los "viejos" (sátiros disfrazados)  hacen de las suyas entre el público que independientemente de donde venga termina su camino en la pequeña iglesia.

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Dentro del templo la atmósfera es diferente. En la esquina una señora con mantilla en su cabeza reza mientras lleva las cuentas de su Rosario. Al fondo, en el altar principal de la iglesia dos pasajes bíblicos: el nacimiento de Jesús y una interpretación del relato de Mateo sobre la persecución de infantes ordenada por el rey Herodes (con la que buscaba matar al niño Jesús).

A la izquierda una pequeña habitación llama la atención, en su interior hay decenas de niños de madera y barro. Son los inocentes mártires.

La tradición local ha pasado de generación en generación y muchos de los niños son antiguos y sobresalen junto a los niños dioses que se han ido sumando con el tiempo y que mañana (28 de diciembre) recorrerán la calle principal de Antiguo en sus andas o en pequeños moisés, en los que sus protectores (familias completas) los llevarán al templo católico.

Delia me explica que no todos los niños son iguales: -Ahora hay muchos niños dioses (las figuras hechas para adornar los nacimientos). Fíjese bien, no todos tienen la marca.

La marca a la que se refiere es una cortadura en el cuello, una diminuta cinta de sangre que recuerda el relato de Mateo sobre la degolladura de los infantes en la locura por acabar con el niño Dios. Ese signo lo tienen solo los más antiguos (algunos quizá de un siglo) como Rubén, Antonio, Alberto y José Enrique. Pese a que no todos lo tienen el fin es el mismo: dar gracias por un milagro recibido.

Con el tiempo la cultura popular ha modificado la tradición y si bien las andas adornadas con flores hay nuevas que muestran a los niños en facetas distintas. Hay niños chefs, meseros, motociclistas, choferes, futbolistas... roles con los que los fieles identifican a sus peticiones de estudio, negocio, trabajo y una larga lista de logros.

Así cierra el área metropilitana de San Salvador el año, con una fiesta que atrae a miles, donde las tradiciones reviven un año más y despiertan la nostalgia de los adultos, en especial de aquellos que conocieron de la tradición tomando la mano de un padre o un abuelo y que ahora regresan a ver lo que ocurre bajo el signo de los inocentes.

Dedicado a la Pepita de Oro.

¡Feliz 2011 para todos!

Más información de Antiguo Cuscatlán:
http://es.wikipedia.org/wiki/Antiguo_Cuscatl%C3%A1n
http://www.seguridad.gob.sv/observatorio/Iniciativas%20Locales/WEB/La%20Libertad/antguocuscatlan.htm

Un poco de historia sobre los Santos Inocentes:
http://www.esmas.com/ninos/tareas/historia/subtemas/318615.html

La devoción por los Santos Niños Inocentes (por monseñor Romero):
http://www.servicioskoinonia.org/romero/homilias/A/771228.htm


La manzanas de feria cuestan $1.00. 
La luna decembrina sobre la iglesia de Antiguo Cuscatlán.
Las artesanías. Esta vez olvidé comprar mi pulsera.
El altar principal tiene dos pasajes bíblicos. A los lados
hay otros como la anunciación y la epifanía.